Capítulo 1

                    Un miércoles como tantos otros miércoles. Una hora temprana, la  habitual de todos los días, también de los miércoles. Bosco se dirige al coche, a su coche, al coche con el que acude al trabajo cada día. Saca las llaves, y en el preciso momento en el que va a abrir la puerta, por la espalda, de forma inesperada, unos brazos poderosos se trenzan con los suyos. Inmovilizado, no puede girarse. Recibe un golpe con algo duro. ‘¡Qué pasa!’. ‘Será un amigo que bromea’. ‘¿Qué ocurre?’. Son cinco hombres. Gritos ‘Delegación Anticorrupción’. Manos atrás. Esposas. Arrastrado, casi en volandas, hasta el vehículo de al lado. Coche largo, tipo Dart. Amarillo clarito. De dos puertas. Asiento delantero abatido. “¿Qué hacen?”. “¡Dios mío!, ¡Dios mío!”. Otro golpe fuerte en la boca: “O te callas o te matamos”. Gafas como de ventisca pintadas de negro. Empujón. Se le tira al suelo. Boca abajo. Suben los tripulantes. Los pies sobre su cuerpo. El coche se pone en marcha. Las esposas aprietan mucho. El filo de un arma corta la ropa de pies a cabeza. Si es preciso drogarle, se le puede inyectar en cualquier parte de su cuerpo. ¡Cómo intimida! Hasta los calcetines abiertos de arriba abajo. Se queda helado, ‘como oveja muda ante los trasquiladores’. No ofrece ninguna resistencia. ‘¿Querrán violarme?’.

Unos minutos y el coche se detiene. Abren las puertas del coche con rapidez. El que conduce reclina su asiento y le murmura al oído:

- ¡Cállate o te mueres, cabrón!

Se oye otro vehículo que para a su lado. Entre dos le sacan del coche boca arriba, le ponen sobre una manta y le envuelven en ella. Las gafas no ajustan perfectamente: es de color rojo granate. Abren la puerta. Le cargan como un costal para depositarle en el maletero del coche recién llegado. Se le tira al maletero. ‘-¡Las esposas me aprietan mucho!’ –protesta-. Se las aflojan. Una mano le da una palmada en el muslo. Son manos distintas, sin adrenalina. El equipo ha cambiado.

Empieza un viaje largo. El rodar sobre asfalto es monótono. La música alta, muy alta. Oraciones a María, al Dios que todo lo tiene presente. Una parada larga después de varias horas. ‘Estarán almorzando’. De nuevo en ruta. Parada en el arcén. Susto y miedo. Recuerdo de Jorge Enciso, empresario secuestrado poco tiempo atrás, a quien después de asesinarle en el trayecto, su cuerpo es arrojado a la cuneta; negociaban con la familia con un rehén sin vida.

Cambio de tripulación. En marcha de nuevo. ‘Ojalá me lleven con vida hasta algún lugar’. En el maletero, unos altavoces llenan de ruido la oscuridad, de mucho ruido. Parece una emisora de radio, un canal de música. Agudiza el oído pero no es posible escuchar conversación alguna. Mucha confusión. Parón en la música: ‘no es la radio, es un casete; ¡menos mal que acabó!’. Enseguida, la otra cara del casete. Vuelve a empezar. La misma grabación de radio otra vez. Y otra. Y otra… durante las seis horas de viaje.

No siente calor ni claustrofobia. Solo miedo a perder la vida. Oraciones a Dios no estructuradas. Más bien gemidos, suspiros, gritos silenciosos desesperados.

Han entrado de nuevo en un núcleo urbano. Parones y arrancadas del coche. Llegados a algún lugar, el vehículo disminuye la velocidad y maniobra. Se detiene definitivamente. Cierran el portón de hierro de una cochera. Sacado del maletero a pulso, como un fardo. Ninguna voz. Los ojos continúan tapados. Cogido del brazo da unos pasos. Paran y le mantienen  en pié. Unas manos le presionan los hombros hacia el suelo. Una manta tendida en el suelo le recoge. Enrollado como un taco mexicano. Dos personas cogen de los extremos de la manta. Lo cargan unos metros, lo arrastran otros, vuelven a cargarlo. Por fin, le dejan tirado en un suelo duro de un lugar silencioso. Le recuestan sobre un catre.

No sabe si se encuentra en el fondo de un pozo. Muy desorientado. El ruido, ahora, es el de un extractor. Le quitan la manta. Le quitan el antifaz. De forma inconsciente, no quiere mirar. Le fuerzan a abrir los ojos. Su resistencia a ver es un mecanismo de autodefensa. Como quien ante el síntoma no va al médico, no le vaya a confirmar sus sospechas. Hay ocasiones en las que no saber parece más seguro que saber.

Le quitan la ropa. Toda. Le quitan el reloj. Lo ve por última vez: son las tres de la tarde. El universo al que se abren sus ojos tiene pocos elementos. Dos cuates encapuchados con sábanas blancas, que abren dos pequeños ojales en los ojos. Vestidos con batas blancas, guantes de látex rojos, calcetines negros y chanclas de pata de gallo. “Nunca vi el color de su piel”.  Siempre vestidos igual.

Uno de los guardianes le ofrece un vaso de zumo de naranja. ‘¡Qué gusto! Todo muy organizado. Todo previsto. Sin duda son buenos profesionales’.

-¡Son ustedes unos fregones!

Un cuadrito de cristal, con una cámara de video: el ojo que vigilará día y noche. Un plato de porcelana con una bombilla de color amarillo. Esta bombilla será el sol de este minúsculo universo. Encendida creará el día, y apagada declarará la noche. Sus decisiones no coincidirán con los horarios marcados por los astros. Como el farolero del planeta del Principito, el guardián decidirá el tiempo de luz y el tiempo de oscuridad. También adivina unos pequeños orificios por donde sale la música.

Los cuates salen de la habitación y apagan la luz.

-Tráiganme un Biblia, por favor -le da tiempo a decir-.

Las impresiones son rápidas, se suceden sin orden ni concierto. Cada sentido se encuentra al máximo de sus posibilidades. Cada fibra de su organismo registra información. La cabeza recopila datos y procesa: ‘es gente seria, están organizados, son buenos profesionales. No estoy a merced del capricho de un estúpido. Una cabeza pensante lo ha diseñado. Hay disciplina’. Experimenta cierta tranquilidad porque donde la razón ocupa un lugar, es posible intervenir en el curso de los sucesos. Que algo sea mínimamente razonable, aleja el capricho y da la posibilidad de prever los acontecimientos sucesivos.

Le duele el labio: no sabe con qué le golpearon, pero tiene una herida que alivia cada tanto humedeciéndola con la lengua.

De vez en cuando abren la portezuela y dejan algo de comida. A veces encienden la luz un momento y dejan la bandeja. Otras veces dejan la comida a oscuras. Quieren que no tenga ninguna referencia espacio-temporal. ‘No puedo perder la noción del tiempo. Cada comida que me pasen debo registrarla’. Presiona con el dedo en el aislante que cubre la pared. El cálculo será fácil: tres hendiduras, tres comidas, un día. Otros tres, otro día.

Días raros. Cierto shock. Tranquilidad y algo de control del tiempo, sí. Pero shock. Es tiempo caótico. Como una pesadilla. “Me examiné mucho. Prácticamente no dormí”. Pero gran esperanza: ‘Establecerán contacto con mi familia enseguida, y llegarán a un acuerdo’. En México, la mayoría de los secuestros no duran más de una semana[1]. El riesgo de ser localizados por la policía es grande. Conviene a los secuestradores que sea corto.

Una de las veces que abren la portezuela, junto a la comida, le dejan la Biblia pedida. Repasa las marcas: es jueves.

A pesar de marcar las comidas, el tiempo es plano, sin perspectiva. Lo que ocurre -como no ocurre nada- no es capaz de dibujar un antes y un después, la cabeza no consigue implantar orden. La música sigue. No falta en ningún momento. Es siempre la misma casete. La del coche. Acude a Dios, pero de forma desestructurada. Piensa, pero el cerebro es como un bloque de plastilina. Todo forma un enorme conglomerado en el que nada es demasiado identificable. Come lo que le pasan. En la oscuridad. Y en la oscuridad, a palpo, se dirige hasta el excusado de vez en cuando. Rollo de papel y cubeta. Tiempo de pesadilla. Como un mal sueño. El aturdimiento no permite ni siquiera captar que el tiempo se prolonga.

Inesperadamente, porque nada es previsible, entra una persona. Han encendido la luz. Dice ser ‘El jefe’.  Ni una palabra. Le entrega un papel que recoge las instrucciones, las reglas de este pequeño universo artificial:

Arquitecto Gutiérrez: Bienvenido. Usted ha sido secuestrado. Espero que la captura no haya sido muy violenta. Estas son las instrucciones.

No podrá haber comunicación verbal con los guardianes, todo se hará por escrito. Puede pedir lo que necesite al doctor TKT, quien está a cargo de la casa.

Tiene usted derecho a una cubeta de agua al día para su baño, a tres comidas, cuando usted las pida. Tendrá derecho a un libro. Podrá pedir alguna revista internacional y algún objeto de aseo. También a las medicinas que nos indique.

En un momento le pasaremos algunas preguntas que quiero que responda. En este negocio no hay más que una salida: nos pagan y nosotros le liberamos.

Si usted y su familia actúan irresponsablemente, lo mataremos. Por favor coopere.

Nevado

A continuación, le pone una grabadora en la boca, y en una tablilla escribe:

Dé un mensaje a su familia. Dígales que está vivo y bien. Anímeles a pagar el rescate.

Bosco graba. Está entero y convencido de que habrá entendimiento. El mensaje tiene que repetirlo una y otra vez porque debe decir todo lo que le han transmitido en menos de 18 segundos; a partir de ese tiempo, la policía es capaz de localizar el lugar de la llamada. Por fin es aprobada la octava edición del mensaje:

“Mi Gaby, Papacito, todos, estoy bien. Estas personas son profesionales y me cuidarán si siguen sus instrucciones.  No den aviso a la policía ni a ningún medio de comunicación y esperen sus instrucciones. Estoy en un lugar seguro, me dan de comer y no se meten conmigo. Estoy muy unido a ustedes en la oración. ¡Si cumplen con sus demandas, todo va a salir bien!”.

Mientras pasa los dedos por su registro -las hendiduras que ha hecho en la pared-, calcula: ‘Llegué aquí un miércolesLa cena del miércoles, las tres comidas del jueves… Hoy es viernes’.

Todo muy militar. Hay organización, disciplina y orden.


[1] José Antonio Ortega, El secuestro en México, Planeta, México DF 2008, pág. 53